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Fecha: 17/12/2000 Tipo: ARTÍCULO DE OPINIÓN

ALTAMIRA, PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD... Y DE CANTABRIA.

 

  17 - Diciembre - 2007

 ALTAMIRA, PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD... Y DE CANTABRIA.

Bernardo Colsa Lloreda (Presidente de la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria – ADIC).

Recientemente, el Director General de Bellas Artes celebró un encuentro informativo donde dio cuenta del balance de las investigaciones realizadas en la Cueva de Altamira. En un gesto significativo, la comparecencia se celebró en Madrid, sin contar con el  Gobierno de Cantabria y sin convocar a los medios de comunicación cántabros.

Aunque suene extraño, la realidad es esa: Cantabria  no es nadie en la gestión no sólo de las Cuevas, sino del propio Museo asociado.  Aunque lo deseable, lo razonablemente sensato  e incluso lo exigible, aunque fuera a través de una escenificación aparente, sería que Cantabria, su Gobierno, apareciera en esos foros o tuviera siquiera algo que decir, la realidad es la que es porque así se quiso en su momento.

Efectivamente, cuando se puso en marcha el proyecto museístico de Altamira, el ejecutivo presidido por el Sr. Sieso decía que la gestión era un tema menor. Y cuando se inauguró, sin debate, sin definir siquiera las prioridades y necesidades culturales de Cantabria en su globalidad, la ministra popular, Pilar del Castillo, sentenció ante el silencio cántabro que sería el Ministerio de Cultura quien gestionase el Complejo Altamira de forma directa, porque a todos les “había parecido que era la mejor fórmula para garantizar la inauguración el diecisiete de julio".  Una elocuente respuesta que no sólo sonaba a excusa sino que también ponía de manifiesto que al Gobierno Cántabro le traía sin cuidado la gestión del Museo; Del  Castillo se limitó a tratar de soslayo el asunto limitándose a añadir que habría que analizar el funcionamiento del Museo para tomar una decisión sobre su futura gestión.

O sea, que ante un proyecto de la envergadura de Altamira, que redefinía toda la oferta cultural no sólo de Cantabria, sino incluso del norte peninsular, que ponía en práctica un nuevo sistema de aprovechamiento de una marca emblemática y que redistribuía recursos dando una nueva dimensión a los potenciales turísticos-culturales, Cantabria no sólo no quería participar sino que asentía mudo a todo lo que avecinaba.

Por eso ahora, tras un nuevo desagravio ministerial aderezado con una falta de sensibilidad palmaria, es necesario tomar la palabra al Consejero de Cultura o el propio Presidente de Cantabria, Sr. Revilla, que ya se manifestó  en su discurso de investidura a favor de la reclamación de Altamira. Como dijo el Sr. López Marcano, hay que empezar a revisar  los soportes jurídicos que tiene Altamira, los consorcios,  los derechos reservativos, todo lo que se firmó en su momento,  para que las cuevas y el Museo sean gestionados directamente por los cántabros y no gratuitamente, no sólo porque sí, sino por múltiples circunstancias.

Analizar lo que ha supuesto el Museo desde 2001 no sólo nos debe limitar a revisar la bibliografía generada o el número de visitantes, aunque si partimos de ahí, todo se resume en el incumplimiento de las expectativas inicialmente previstas. Sieso y Cagigas  se aburrieron de decir que el Museo  recibiría al año alrededor de 568.000 visitantes, cifra que el expresidente consideraba "un tanto conservadora". Desde 2001, ni por aproximación se ha llegado a esa cifra, siendo la tendencia descendente hasta llegar a los aproximadamente 250.000 visitantes de ahora, a una enorme distancia de los grandes museos distribuidos por todo el Estado, y en cifras similares a otros museos nacionales.

Y a pesar de la aportación científica en trabajos de investigación, hay  numerosos aspectos negativos  en la gestión de este centro, como por ejemplo, la incapacidad para articular campañas de promoción específicas o la falta de flexibilidad en materia de personal para divulgar la labor pedagógica y divulgativa. Es precisamente en materia laboral donde la gestión presenta importantes y numerosos conflictos  que han incidido muy negativamente en la calidad de las visitas. Sin ir más lejos, el pasado mes de octubre una sentencia judicial obligaba a restituir en su anterior puesto de guías a los vigilantes del museo tras una arbitraria y discrecional decisión de la dirección del Museo por la que se había dado orden de reducir las visitas guiadas, con la consiguiente indefensión no sólo de los trabajadores sino también de los usuarios. A ello se debe añadir la falta de exposiciones temporales de verdadera proyección internacional, la escasez de encuentros científicos  relevantes o el escaso dinamismo que sobre la idea central se ha ejercido en la promoción del Museo. Altamira no ha sido capaz de buscar nuevos horizontes viviendo de manera calculada al margen de su entorno.

Es muy probable que esta realidad sea debido al inmovilismo que trae consigo la acción ministerial, sobre todo en lo que se refiere a la gestión museística, razón de más para pensar en nuevas experiencias que superen el balance de estos seis últimos años. El propio autor de la réplica, Pedro Saura, insistía este pasado verano en la escasa promoción que se ha hecho de la “marca Altamira”. Y es que, independientemente de quien sea la entidad que tenga la titularidad de la Cueva y/o del Museo, lo que si parece evidente es que debe establecerse un marco de gestión más flexible en el que ineludiblemente Cantabria debe tomar parte, tanto en aquella como en la gestión del complejo museístico,  sobre todo porque se ha demostrado que con una gestión estatal, Altamira sólo ha vivido de la renta que supone su nombre, muy poco para ser un centro de referencia.

La transferencia de  la gestión  y/o la titularidad permitiría por un lado identificar de una manera más ágil las necesidades del centro,  acometiendo de un mejor modo las inversiones – económicas o no- necesarias para su óptimo funcionamiento.  La gestión desde Cantabria a través de los instrumentos generados por la propia Comunidad daría más autonomía  para trabajar en el corto plazo y poder plantear proyectos a largo plazo, ganando en proximidad, cercanía y promoción, con una gestión más directa, eficaz y exhaustiva.

Solo por la flexibilidad del personal que ofrece la agestión autonómica ya sería necesaria la transferencia,  toda vez que redundaría en la calidad del servicio que hoy por hoy y por causas exclusivamente imputables a la gestión ministerial  es deficiente. Por otra parte, el Museo se incluiría en el propio sistema cultural cántabro, facilitando e incrementando la promoción del mismo,  incorporándole a la red de centros. Esto es,  se generaría una sinergia favorable a la acertada iniciativa del Gobierno de especializarse en aspectos relacionados con la historia antigua y arte paleolítico, completando con el futuro Museo de Cantabria la red museística cántabra. Estos centros deberían ser interdependientes y complementarios para colmar esa especialización, ayudando además a corregir el desequilibrio que supone que a Altamira la visiten tantas personas como al resto de museos cántabros, integrando así el sector museístico.

Altamira además ha desarrollado y continúa desarrollando una intensísima labor investigadora que va más allá de la propia cueva. Las recientes exploraciones en cavidades como Cualventi son un ejemplo evidente de que  el Complejo necesita cada vez más a Cantabria para crecer científicamente. El propio centro se nutre de colecciones procedentes de múltiples excavaciones en territorio cántabro. Si a ello añadimos la amplísima nómina de yacimientos en cuevas como la Garma, el Pendo o Covalanas por citar algunas y la reciente admisión a trámite para incorporar al Patrimonio de la Humanidad el arte rupestre de la cornisa cantábrica, comprobamos que, en cierta manera, Cantabria se ve en la obligación de articular vías de colaboración interadministrativas que pasen por una eficaz gestión de ese patrimonio arqueológico y que pueden y deben crecer al amparo de instituciones ya creadas y en pleno funcionamiento como el Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria; y ahí lógicamente Altamira juega un papel fundamental  porque es un icono que por sí sólo genera imagen y riqueza y da valor añadido al arte paleolítico cántabro y cantábrico, uno de los ejes sobre los que debe pivotar la política cultural de Cantabria: la preservación y estimación de nuestro patrimonio artístico tanto en el ámbito doméstico como en el internacional.

Cantabria tiene sus aspiraciones políticas, culturales y turísticas. Con la perspectiva que dan seis años, se ha demostrado que Cantabria y Altamira se necesitan y que la Cueva y el Museo necesitan estar bien gestionados e integrados en su contexto  de manera tal que posibilite una eficaz y particular puesta en valor de un potencial cultural y turístico de primer orden mundial porque Altamira ni es ni debe ser una isla en el escenario cultural de Cantabria, a pesar de sus extraordinarias características. Es inaceptable y no se puede volver a tolerar que se produzcan decisiones que afecten a las cuevas sin que Cantabria sea escuchada.

Las cuevas no sólo son patrimonio de los cántabros, lo son de la humanidad, pero están en suelo cántabro y, en consecuencia, debemos dar salida a la aspiración de activar todos los recursos a nuestro alcance para diferenciar lo que es una mera réplica –que por cierto ya existe en Madrid, Japón e incluso en Asturias- de un verdadero proyecto museístico que gestionado por Cantabria utilice la referencia universal llamada Altamira para divulgar nuestra riqueza patrimonial. Es nuestra responsabilidad como autonomía y como cántabros.


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