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Fecha: 15/08/2000 Tipo: TRIBUNA LIBRE-DIARIO MONTAÑÉS

CASTRO BAI, CANTABRIA EZ.

 

    15 de agosto de 2008.

  CASTRO BAI, CANTABRIA EZ.

Junta Directiva de ADIC.

 

Recientemente se ha conocido que un grupo de ciudadanos vascos de Castro Urdiales quieren agruparse y formar una Casa de Euskadi -Euskal Etxea-. De la misma manera que los cántabros poseemos, por ejemplo, una "Casa de Cantabria" en Barakaldo o en Eibar, nuestros vecinos tratan de organizarse en la ciudad más oriental de Cantabria, como hacen gallegos, andaluces u otros, con el sano ejercicio de promocionar su cultura. Los cántabros, como pueblo hospitalario, les acogeremos con cariño, más viniendo desde una cultura hermana a la cántabra como es la vasca.

Sin embargo, en torno a esta iniciativa se ha generado cierta polémica susceptible de ser analizada. En principio hay que decir que cualquiera puede asociarse como y a lo que crea conveniente; no obstante, resulta significativo que primero se anuncien ciertas intenciones, se abunden en ellas de manera más concluyente en determinados barrios de la ciudad y, a los dos días, en cuanto tienen trascendencia pública, se cambien por completo los objetivos fundacionales. Esto genera dudas y, lógicamente, da pie a muchas interpretaciones. Puede que estas especulaciones se deban a una información mal transmitida por los organizadores, a lo que se añadiría la elección del propio nombre del colectivo -que asemeja la marca nacionalista vasca en Navarra-. O no, puede que todo sea intencionado y se trate de una expresión imperialista a través de la organización de una isla etnocultural al margen de la realidad que la rodea. De todas las maneras, si fuera un gesto simplemente asociativo, lo lógico sería que este grupo estuviera asentado e implicado en la vida castreña, empadronados, porque de lo contrario, sería un contrasentido que alguien que no se preocupa por su ciudad -hasta el punto de no censarse- quiera algo de ella.

En cualquier caso, sólo hay que esperar a octubre, a que los promotores de esta plataforma expliquen lo que quieren de un asunto que no debiera tener más trascendencia que la de un grupo de inmigrantes que se reúnen en torno a su cultura en un hogar social Pero el asunto ya ha sido prejuzgado y ha sacado a luz un ideario preocupantemente desintegrador, ofensivo y contradictorio. Disociar la realidad castreña como ciudad de asiento y cultura cántabra de sus profundas y estrechas relaciones con Bizkaia es negar la evidencia, desconocer la propia esencia de la ciudad marinera y, además, supone caer en el reiterado error del centralismo santanderino -económico e ideológico- de conceptuar y acusar a Castro con multitud de juicios de valor interesadamente irritantes. Provocar el enfrentamiento con insinuaciones e insultos agravados desde la justificación política es de tal miseria moral, que retrata a todos aquellos extremistas de cualquier ideología que pretenden alterar lo que tendría que ser la convivencia pacífica entre dos pueblos, el vasco y el cántabro, que necesitan trabajar en común - salvando ambos muchos prejuicios- porque por su vecindad están condenados a entenderse. Y por último, presuponer que va a haber una alternativa electoral pro vasca en Castro y rasgarse las vestiduras por ello mientras, por otra parte, se guarda silencio o se aplaude al imperialismo involucionista de fuerzas electorales que proponen la desaparición de Cantabria y su integración en otra Comunidad, es una incoherencia.

De todas formas, y ahí está el meollo del asunto, la polémica suscitada tiene un porqué. Tras casi treinta años de andadura autonómica, este tipo de movimientos secesionistas o anexionistas constatan que una identidad asentada como la cántabra se ha debilitado por el escaso fomento de la misma. La autonomía, lejos de fortalecer nuestro sentimiento de pertenencia a una entidad, ha forjado un territorio aséptico y superficial donde en numerosas ocasiones lo cántabro es insustancial y donde los propios ciudadanos son ignorantes de su propia condición cántabra, de su verdadera cultura, de su historia, de su propios referentes, de sus propios intereses colectivos... La palabra identidad ha quedado reducida a sentirse parte de algo que nos viene dado sin saber si quiera lo que significa, sin ir más allá del mero registro formal de adscripción al lugar de nacimiento y sin conocer mínimamente las condiciones objetivas y subjetivas que nos hacen diferentes, ser un pueblo, ser cántabros.

En consecuencia, lo que algunos presumen que puede pasar con Castro Bai o lo que intentan machaconamente los castellanistas anticántabros, jamás hubiera sido posible en una Cantabria hecha, en una Cantabria definida y consciente. Y no lo sería por dos razones: la primera y más importante, porque nadie se atrevería a generar esa polémica sabiendo que se enfrenta a un pueblo con personalidad -aunque siempre hay algún osado que ya ha salido escaldado-. Y en segundo lugar porque no supondría la más mínima amenaza desde ningún punto de vista, y no sería más que otro elemento cultural a integrar en la cultura y la realidad cántabra. Pero ese es precisamente el problema, hemos llegado a un punto donde lo cántabro es prácticamente anecdótico y no se refleja esa singularidad que ciertamente tenemos. Ejemplos sobran. Hemos permitido que se cometan tropelías urbanísticas que han convertido nuestros pueblos en cortijos indefinidos o en caseríos de estilo euskérico. Hemos desprestigiado lo nuestro a favor de lo ajeno, como en Santander, donde lo santanderino ya no existe ni siquiera en sus fiestas, convertidas en una exaltación del mundo taurino al más puro estilo cañí y cuyos referentes son las sevillanas, los trajes de faralaes, las 'manolas', el fino, los farolillos y las calesas. Hemos consentido que nuestra historia y cultura no se enseñe en las escuelas, hemos tolerado que nuestra propia Universidad sea incapaz de organizar cursos de verano que analicen Cantabria como sujeto y objeto de estudio. Y, para mayor escarnio, algunos han convertido a separatistas e imperialistas castellanos en referentes políticos y periodísticos a pesar de obtener un irrisorio apoyo electoral.

Con este panorama, cualquiera que venga de fuera no sabe donde integrarse y buscará su propio referente porque no hay otro más que el castizismo indefinido e inconcreto.

Por ello, con estas circunstancias, Castro bai se integrará en la nada, en Cantabria ez, la realidad de un territorio que se niega a sí mismo. Es así de triste. Para que haya que escuchar todavía a algún político que las referencias identitarias sobran en la reforma estatutaria.


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