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Fecha: 08/07/2009 Tipo: Tribuna libre. Diario Montañés

EL LABARO. ENTRE LA MITOLOGÍA, LA HISTORIA Y LA REALIDAD.

 

  8 de julio de 2009.

  EL LABARO. ENTRE LA MITOLOGÍA, LA HISTORIA Y LA REALIDAD.

Junta Directiva de la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria (ADIC).

La Asociación que firma el presente artículo ha presentado recientemente una iniciativa ante la Comisión de Peticiones del Parlamento de Cantabria para que se reconozca el símbolo conocido popularmente como el “lábaro” al acervo iconográfico de la Comunidad Autónoma. Ese organismo, a tenor del artículo 53 del Reglamento del Parlamento, tenía varias opciones para tratar el asunto. Eliminadas por cuestiones obvias la traslación a una comisión parlamentaria competente por razón de la materia y la remisión a otra institución más correspondiente o afectada, sólo quedaba la decisión  de dirigirla a los grupos parlamentarios o archivar sin más la propuesta y, lógicamente, desestimarla. La Mesa ha optado por seguir con los trámites, por lo que ahora la decisión última sobre el asunto recae en los grupos parlamentarios y así nos lo hizo llegar en acuerdo del 26 de mayo.

Esta circunstancia ha dado pie, a nuestro entender, a una campaña absolutamente desmedida, desaforada, hiriente e iracunda no ya contra el colectivo al que represento, sino también y por lo que parece, contra nuestro Presidente, Bernardo Colsa, incitando una polémica tan absurda y desagradable como innecesaria. No es nuestra intención contribuir a la misma; allá cada uno con sus argumentos, sus ensoñaciones, su aparente rigurosidad y su ética, pero sí que es cierto que no podemos ni debemos estar callados ante lo que se está publicando.

Nosotros, como cantabristas y como cántabros, cuando realizamos una actividad relacionada con la historia de Cantabria tratamos de aportar rigurosidad y objetividad, algo que no abunda por desgracia en Cantabria. Por ello, cuando hace dos años, en el verano de 2007, desarrollamos un estudio sobre la historia de la bandera de Cantabria, por qué es la que es y cómo se llegó a ella, nos propusimos eliminar leyendas y fábulas para aportar precisión histórica a un asunto como el de los símbolos, en el que hay que tener especial cuidado para evitar precisamente que persevere  un mito y que con el paso del tiempo se convierta en una certeza histórica.  Tratamos el asunto con el máximo de los respetos y cuidados, analizando la terna de propuestas que pudieron ser enseñas autonómicas. Entre ellas se encontraba el estandarte conocido como el lábaro, bandera diseñada a finales de los años setenta y utilizada por distintos colectivos cantabristas que, hoy en día,  ha superado ampliamente ese círculo para ser utilizada por buena parte de la ciudadanía, independientemente de su ideología.

Esa bandera tenía, a nuestro juicio, cierta aura mítica alejada del rigor histórico. Por ello, uno de los objetivos prioritarios del proyecto consistía en aportar luz sobre el tema. Fuimos categóricos y contundentes. Hablamos de las fuentes históricas del cantabrum y del labarum, y afirmamos lo siguiente (sic): “la identificación cantabrum=labarum está por demostrar. El origen de la mezcla e interrelación de ambos términos hay que buscarla en el vasco-cantabrismo del siglo XVIII, en la errónea apreciación de algunos sectores científico-ideológicos, que identificaban a los antiguos cántabros como los antepasados de los vascongados y al lauburu como el labarum al que los romanos habrían rebautizado como cantabrum. Evidentemente estas creencias cavernarias quedarían superadas ya en el siglo XIX, pero de todo aquello, algo ha llegado hasta nuestros días, dando pie a la denominación popular que se le ha acabado dando al símbolo”. El informe lo concluíamos de la siguiente manera: “Al existir teorías que vinculaban al cantabrum con el labarum y portar este último el crismón añadido por Constantino, se intuyó –desde esas corrientes- que este símbolo cruciforme fuese una evolución de otro símbolo de similar forma que, interpretaban, llevaría el cantabrum en origen: los cuatro crecientes lunares de la Estela de Barros (motivo que se repite en cinco de las estelas gigantes conocidas en Cantabria). Sin embargo, todo esto es, como decimos, una cadena de  suposiciones por demostrar. Empezando por la raíz, identificar al cantabrum como precedente o antepasado del labarum, y siguiendo por el hecho de atribuir al Crismón de Constantino una influencia de la simbología cántabra precristiana. Por ello, y a modo de conclusión, a día de hoy no se puede saber qué decoración o motivo lucía el cantabrum”.

Esto lo escribimos hace más de dos años. ADIC no se desdice de nada de lo que haya dicho respecto a este asunto en los últimos dos años; hoy no decimos nada nuevo, más bien reafirmamos. Como es evidente que algún historiador no quiso perder parte de su tiempo no sólo en colaborar en el proyecto -pese a estar invitado-, sino ni tan siquiera en leerlo, nos vemos en la obligación de repetirlo por si todavía alguien alberga dudas y para que, antes de que continúe con su campaña personal de hostigamiento, reelabore su estrategia.

Hace dos años pedimos que se investigara. Y se hizo. La pasada primavera tuvimos la satisfacción de comprobar cómo eso que habíamos escrito venía refrendado por el prestigioso historiador D. Joaquín González Echegaray en su  estudio titulado “Acerca del llamado Lábaro Cántabro”, publicado en el tomo LXXV de la Revista Altamira. Después de analizar  las fuentes clásicas, concluía lo siguiente  (sic) “recientemente, en algunos medios culturales y políticos de la actual región de Cantabria se ha tratado de hacer resurgir la antigua enseña militar, objeto de este estudio, promocionándola como una posible bandera de la comunidad. Se le ha dado el nombre de “el lábaru” y se ha reconstruido como un lienzo alargado de color rojizo, que lleva impreso en dorado el tema central de la estela de Barros, consistente en cuatro crecientes lunares dispuestos de tal forma que sugieren la idea de un aspa. Se trata de una creación nueva, de la que sólo puede decirse que se halla vagamente sugerida por algunos de los elementos históricos de que aquí hemos hablado. Otro tema distinto es, si la adopción  de tal bandera para sustituir a la actual está justificada política e históricamente, lo que cae fuera del objeto del presente estudio. Aunque dicho sea de paso, nuestra particular opinión es negativa.”

A la luz de ambos escritos creo que sobran las palabras. Pero lo que no sobran son los interrogantes que algunos nos planteamos relacionados con los juicios de valor tergiversadores de esta realidad y con la cadena de exabruptos pontificadores sin ningún tipo de medida.

Nosotros observamos la realidad de un pueblo vivo, que evoluciona. Ese conjunto de ciudadanos, cuando decide manifestarse como cántabros enarbolando una bandera, cada vez más mayoritariamente y de manera absolutamente espontánea, elige una que no es oficial. No se puede obviar la realidad y es necesario afrontar la cuestión ¿Por qué? ¿Qué ha pasado en Cantabria en estos treinta años para que la ciudadanía no utilice los símbolos institucionales y diseñe y enarbole otros buceando en su patrimonio histórico? Debate apasionante, sin duda.

Pues eso, precisamente eso es lo que hemos llevado al Parlamento, la atención a ese fenómeno. Y lo hemos llevado a cabo con todas las consecuencias, tras un debate previo -no exento de ciertas dosis de catarsis-  para, manteniendo un escrupuloso respeto a la simbología oficial de Cantabria, aplicar rigor histórico hacia una insignia cargada de mitología e incorporar el lábaro al acervo iconográfico de todos los cántabros, fuera de connotaciones políticas e ideológicas. Insisto, nunca sustituir, incorporar.

Creemos que hemos cumplido con la rigurosidad que se exige para estos asuntos. Otros, desde un negativismo palmario, siguen manteniendo argumentos un tanto mitológicos – como la bandera marítima de Castilla o la tan traída Acción de Vargas- para sostener la historiografía de la actual bandera de Cantabria aderezada de símiles tan manidos como rastreros. Quizás  lo hagan para contrarrestar el cada vez más apabullante peso social del lábaro, evidencia que sólo la terca ceguera ideológica, el sistemático y endémico prejuicio hacia lo cántabro puede negar.

Nosotros aceptamos todas las críticas, pero no el insulto y la tergiversación. Compararnos con el nacionalismo radical vasco de manera premeditada es apelar al instinto primario del miedo para anular un debate racional y sosegado, y supone tal bajeza moral que no estamos dispuestos ni a tolerar ni  a consentir. Y presuponer algo que nunca hemos dicho obviando lo verdaderamente afirmado para argumentar un ataque dialéctico y personal en toda regla menos aún, porque menosprecia, infravalora y  ridiculiza nuestro compromiso con Cantabria, una trayectoria de treinta y tres años plagada de actividades, estudios y aportaciones que ya quisieran muchos poder incorporar a su currículum aunque sea sólo para justificar un sueldo público.

El debate histórico del lábaro está por nuestra parte zanjado; por parte del señor González Echegaray me imagino que también. No sé que tendrán que decir el resto; espero que no apelen a la invención ni a la mitología. Si lo hacen sólo les pedimos que muestren un sólo ejemplo de bandera no inventada por el ser humano y los suficientes argumentos históricos irrefutables para teorizar por fin unas ensoñaciones que, ahora más que nunca,  demuestran su verdadera esencia y objetivo.

El debate es otro. La cuestión que se plantea es por qué el pueblo cántabro se quiere representar con el lábaro. Por qué ha escogido y elegido un referente iconográfico común, extendido, conocido y característico como los cuatro crecientes lunares reflejados en la Estela de Barros –incorporados por cierto a la heráldica oficial-, una expresión artística de nuestros antepasados, para verse representado.  Quizás porque en ese símbolo ven la representación de la trascendencia histórica del lugar donde han nacido, porque realmente en él ven reflejada su identidad cántabra. Quizás, es posible ¿hablamos?.


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