ADIC • 6 de octubre, 2026

EMILIO MUÑOZ FERNÁNDEZ

[ Arqueólogo ]

Texto: Ramón Montes Barquín (Doctor en Arqueología y Prehistoria por la Universidad de Cantabria).

Foto: Vicente Ansola Trueba.

El arqueólogo humilde.

Dijo de él el gran referente de la Arqueología española, Dr. Joaquín González Echegaray, que la labor profesional de Emilio Muñoz Fernández era el triunfo de la humildad en la Arqueología cántabra, y no seré yo quien contradiga al maestro…

Ni él mismo recuerda desde cuando le apasionan las cuevas, las piedras talladas por neandertales y sapiens, las toscas y oscuras cerámicas hechas a mano de los ajuares de los primeros campesinos y metalúrgicos, y todo lo que las cuevas esconden; pero si sabemos que fue un arqueólogo muy precoz que, ya antes de licenciarse en la Universidad de Oviedo, era asiduo del vetusto Museo de Prehistoria de Santander. Allí, llamó la atención de todos y forjó su leyenda de prospector, estudioso y catalogador impenitente de piedras y cerámicas y, sobre todo, de ser el que todo lo sabía de los yacimientos y piezas arqueológicas de Cantabria. Nadie domina el campo como Emilio…

Pero además de humilde, Emilio Muñoz ha sido el gran trabajador -incansable y altruista- de la Arqueología regional. Su labor, desde al menos 1977, ha sido constante hasta agotar a varias generaciones de colaboradores (algunos resistimos su ritmo de trabajo a duras penas, a pesar de que ya está jubilado). La generosidad ha marcado igualmente su labor, nadie puede decir que Emilio le negó un dato, una información, un estudio, una idea, una hipótesis para trabajar y, si lo hace, sencillamente miente de manera miserable.

Asturias y Cantabria, todas ellas, han sido su patio de recreo particular. Conoce ambas regiones con precisión, pero no por un amor a sus paisajes o gentes, sino porque esconden lo que le mueve, lo que le motiva, lo que le da vida… las cuevas y yacimientos prehistóricos que le permiten reconstruir la Prehistoria cantábrica. Y eso, no lo olvidemos, es el fin último de su existencia. Los museos de ambas regiones, repletos de sus depósitos y aportaciones, corroboran esta afirmación.

Y es curioso…, siendo un apasionado de coleccionar cosas (sellos, monedas, libros, y cosas tan insospechadas como etiquetas de vino, sobres de azúcar o latas de pimentón), nunca guardó para sí ni una simple lasca o un fragmento cerámico. Seguramente porque su vida ya es una colección de descubrimientos, hallazgos y revelaciones arqueológicas, y con eso le basta. Nadie se acerca, ni si quiera remotamente, a igualar el número de descubrimientos arqueológicos que llevan su nombre y el de sus equipos (amigos y colegas de las asociaciones “Negro Camargo”, “Colectivo para la Ampliación de Estudios de Arqueología Prehistórica” -CAEAP-, Grupo de Espeleología e Investigaciones Subterráneas Carballo-Raba, Asociación Cántabra para la Defensa del Patrimonio Subterráneo…). La Carta Arqueológica de Cantabria, sencillamente, no existiría sin sus aportaciones, o solo sería una paupérrima lista de sitios grandilocuentes de la historiografía anterior a su llegada.

Emilio es amigo de todo el mundo. Es el único arqueólogo que conozco que no odia a nadie (¡ni siquiera a alguno de sus colegas!), es desprendido, amable, educado, discreto y, en su local de trabajo del Ayuntamiento de Camargo (el local del CAEAP), recibe -y acoge- por igual a un catedrático de universidad, que al último paria de la sociedad. En torno a él se reúnen gentes doctas y cultas, y también personas a las que la enfermedad y la incomprensión de nuestra sociedad relega al ostracismo. Para él, todos somos iguales…

Poco amigo de reconocimientos y halagos, este pequeño homenaje que le brinda ADIC no será de su agrado, pero con su bonhomía innata me perdonará pronto que haya puesto negro sobre blanco lo que tantos arqueólogos y tantas personas interesadas por la Arqueología regional piensan: que Don Emilio Muñoz Fernández es, muy posiblemente, el mayor arqueólogo que Cantabria ha dado al mundo. Yo, al menos, así lo creo y sostengo.

Celebremos al gran Emilio Muñoz Fernández con un “veterano” y un “lirio” y sigamos leyendo los centenares de libros, artículos, ponencias y monografías que nos ha legado, desde la humildad y el trabajo constante, este personaje irrepetible.