
ADIC • 29 de abril, 2026
Fernando González Díaz, «Nando el Asturiano»
[ Músico tradicional ]
Texto: : Irene Atienza (Cantante y miembro del grupo Casapalma).
Foto: Vicente Ansola Trueba.
Hablar de Nando el Asturiano es hablar de historia de la música de Cabuérniga. Llegar al bar de Jaime el de Lamiña y ver aparcado el Mercedes verde de Nando era siempre motivo de alegría y señal de que brindaríamos de nuevo y echaríamos unos cantes.
Nando forma parte de la memoria musical del valle. Músico generoso y siempre dispuesto, rara vez viajaba sin un instrumento en el coche y jamás sin ganas de tocar o cantar. Dominaba la armónica, el acordeón, la gaita, la batería y el requinto, todo ello aprendido de oído, con soltura autodidacta. Su repertorio parecía inagotable, forjado en años de baile, fiesta y carretera, y su manera de cantar delataba a alguien que había sabido escuchar mucho y bien. Figura irrepetible, tuve la gran suerte de compartir con él muchos momentos en sus últimos años, y de aprender no solo de música, sino también de vida.
Nando nació en 1935 en Riosa (Asturias). Su padre, montañés, había emigrado a trabajar allí, donde conoció a su madre y donde nacieron Nando y sus siete hermanos. Ante el horizonte de la mina que aguardaba a la familia, sus padres decidieron comprar una pequeña hacienda y trasladarse al pueblo de Terán, en Cabuérniga, saliendo adelante gracias a una modesta ganadería.
En aquellos años duros de la posguerra, siendo aún niño, aprendió por su cuenta a tocar la armónica y pronto demostró que tenía un talento innato para la música. Durante mucho tiempo soñó con tener un acordeón; tras mucho insistirle a su padre, finalmente un vecino acomodado del valle le facilitó su primer instrumento, dejó pagado un acordeón en una tienda de Santander, permitiéndole pagarlo a plazos. Nando recordaba siempre con emoción y cariño cómo las últimas 500 pesetas le fueron perdonadas y cuanta alegría le trajo aquel primer instrumento.
A principios de los años 50 formó, junto a su hermano, la orquesta Los Asturianos, con la que recorrieron innumerables fiestas y romerías de Cantabria, animando plazas y boleras. Eran muy populares: buena presencia, buena música y mejores voces. En Terán organizaban bailes en la bolera y, entre risas, Nando contaba que colocaban un cartel que rezaba “prohibido dar calabazas”, para que los mozos no se amilanaran y se animaran a bailar. De aquella etapa conservaba un sinfín de anécdotas que retrataban la vida del músico popular de entonces: sacrificio, compromiso con la fiesta y una entrega absoluta a la gente.
A lo largo de su vida trabajó en diversos oficios: emigró unos años a Alemania donde trabajó como mecánico, regentó junto a su mujer un restaurante en Barreda… pero siempre recordaba con especial cariño su etapa como conductor de autobuses, acompañando grupos en sus viajes. Durante un tiempo viajó por Europa con el Coro Ronda Garcilaso, etapa en la que, como él decía, “el trabajo y la afición iban de la mano”.
Durante muchos años tocó junto al “Caudillo de Novales” al tambor y también fue integrante del Dúo Cantabria, junto a Benito, Ernesto y las pandereteras Beatriz y Begoña. Era habitual verlo en fiestas acompañando a Benito con la gaita, disfrutando de esos encuentros informales que tanto le gustaban. Ya jubilado, impulsó y creó el coro “Brisas del Saja” junto a vecinos de Cabuérniga, manteniendo viva la tradición coral del valle. Nando fue músico toda su vida y nunca dejó de serlo. Su legado permanece en cada romería, en cada baile y en la memoria de quienes tuvimos la suerte de compartir escenario, mesa o conversación con él.