
ADIC • 29 de julio, 2026
MANUEL GUTIÉRREZ «EL CHAVAL DE CABUÉRNIGA»
[ Músico tradicional, cantante de tonada montañesa ]
Texto: Daniel Gutiérrez Gómez (etnomusicólogo).
Foto: Vicente Ansola Trueba.
Me permito empezar con una anécdota personal. Hace cinco años, cuando era estudiante de Etnomusicología en Salamanca e iniciaba mi investigación sobre el repertorio de tonada cántabra para mi trabajo final, mi amiga, entonces profesora, Julia Andrés me pidió una transcripción de una tonada para el número 1/2021 de Cascabullo, el boletín que publica el Grupo de Amigos del Museo Etnográfico de Castilla y León. La petición me pilló con mi segunda transcripción de tonada recién hecha y en pleno proceso reflexivo sobre cuál era la mejor manera de plasmar en papel pautado esta música, escurridiza, a la que los buenos cantadores retuercen con una gracia casi despiadada. Aquella transcripción trataba de captar la robusta, heterodoxa y revoloteadora interpretación de ‘Vengo de la feria’, grabada en el álbum Canciones populares de Cantabria (1995) por «El Chaval de Cabuérniga». Por hache o por be, no he tenido aún ocasión de conocerle en persona. Para los que nos hemos formado con la etnografía como método predilecto para acceder al conocimiento, escribir sobre alguien en particular con quien no has mediado palabra se siente un poco peregrino. Ahora, hablar de Manuel Gutiérrez, alias «El Chaval de Cabuérniga», es hablar de historia, antropología y estética de la tonada cántabra, y eso, como etnomusicólogo, no solo es un privilegio sino todo un placer.
Manuel Gutiérrez nace en Terán (Cabuérniga), un 25 de agosto de 1937, en plena Guerra Civil. Se cría entre cantadores, pero es en los pastos de la zona, a cargo de las vacas y ovejas de su familia, donde, escuchando e imitando los trinos de los pájaros, da forma a una voz especialísima, rabiosamente aguda, de tenor; una voz que le permite soñar con ser cantante de ópera o zarzuela, como le confesaba hace dos años a Antonio Mora, de Radio Televisión Altamira. Sin embargo, es en otro ámbito, el de la industria maderera, donde desarrolla una carrera profesional que le permite mantener a sus cuatro hijas, a quienes cría en Torrelavega junto a su mujer, Pepita «la carmoniega». La música, como es habitual en el mundo del folklore, permanece entonces en una parcela de la vida de Manuel reservada al placer, a la comunidad y al arraigo, puntualmente sacándole rendimiento profesional, sí, pero constituyendo una capa más de una vida compleja, en su caso, una especie de alter ego.
No es sólo en los prados, por tanto, donde forja su arte, sino también junto a la gramola, escuchando los discos de pizarra de sus referentes, los legendarios Aurelio Ruiz y Manuel Sierra. «El Chaval de Cabuérniga» se convierte, así, en heredero directo de una estirpe de tonadistas que, junto al apoyo de una élite regionalista que funda coros y organiza concursos y festivales, transforman la tonada en un género folklórico-artístico durante el primer tercio del siglo XX (igual que ocurre con la jota de estilo navarro-aragonesa, la asturianada o el cant d’estil valenciano). Esta pasa de ser un género de la música de tradición oral ligado exclusivamente al entretenimiento campesino, a ser también un espectáculo escénico que exige facultades biomecánicas excepcionales. Estas facultades son, sin ninguna duda, las que con atino le reconoció el jurado del concurso del Día de Campoo a Manuel Gutiérrez en hasta 14 ediciones, un logro que ningún otro cantante ha conseguido igualar. Cuenta la leyenda que la primera vez que se presentó a este concurso llegó al Teatro Principal de Reinosa en bicicleta, desde Terán, atravesando el puerto de Palombera. Allí coincidió con Aurelio Ruiz Bolado, otro de los grandes, hijo de su ídolo, a quien privó del primer puesto –tal hazaña debió de drenar energía, pues los años subsiguientes Manuel cambió la bicicleta por la moto–. A estos reconocimientos se les suma el recurrente galardón en innumerables concursos, como el de la Romería del Faro de Santander, el del Ferial de Torrelavega o el de la Casa de Campo de Madrid, la insignia de oro del Ayuntamiento de Torrelavega o el calor de audiencias de Cantabria y Asturias.
En 2007 se acerca a los flujos de renovación de la canción montañesa de la mano del grupo Hermanos Cosío, con quienes colabora en el álbum El color de la tonada. Sin embargo, es en solitario como mayormente ha preferido Manuel subirse a los escenarios o acercarse a los estudios de grabación. Ha publicado cuatro LPs dedicados a la tonada montañesa individual (Folklore de España: Santander, 1973; Manuel Gutiérrez Chaval de Cabuérniga, 1978, Ni pueblo como mi pueblo, 1990 y Canciones populares de Cantabria, 1995), los dos primeros con el prestigioso sello Columbia. Además, nunca quiso unirse a ningún coro, a pesar de que Pepín del Río le insistió en integrar el célebre Coro Ronda Garcilaso. Ni tampoco coger un avión para actuar en la Casa de Cantabria de Ciudad de México –de los pájaros debió aprenderlo todo menos el placer por volar, aprensión que derribaría gracias al amor paternofilial, según cuenta en la entrevista mencionada–.
Manuel es un hombre, por tanto, que ha cultivado la tonada (montañesa y asturiana) en solitario, al estilo tradicional, y que ha preferido darse a los suyos. Hoy, con casi 90 años, canta en casa, para él, pues, le confesaba a Antonio Mora, ya no llega donde llegaba. La voz es un músculo que también sufre los achaques de la edad y Manuel Gutiérrez ha sido todo un atleta vocal. En su mejor época, cuenta, aguantaba de 12 a 14 tonadas seguidas cantadas con gusto y llegaba muy cerca del famoso Do de pecho (Do 5), según atestiguan las grabaciones disponibles –aunque, muy probablemente, esa marca haya quedado registrada en la memoria de algún privilegiado–. Esto equivale a 12 o 14 carreras de 100 metros vallas a buen rendimiento. Algo extraordinario, efectivamente, al nivel de la fisiología y resistencia física de un tenor lírico.
Manuel Gutiérrez defendía ante Maxi de la Peña (El Diario Montañés) en 2008 que «el canto puramente montañés jamás se perderá mientras exista un cabuérnigo», y lo cierto es que el valle de Cabuérniga sigue siendo una de las canteras de cantadores y catadoras más fértil de toda Cantabria. Esto es, por supuesto, gracias a la raigambre social del canto y a la encomiable labor que ante el panorama demográfico lleva a cabo la escuela de música tradicional; pero no es menos cierto decir que también lo es gracias a la importancia del legado de leyendas vivas como «El Chaval de Cabuérniga» –sin ir más lejos, es su sobrino nieto, Manuel Jesús Gómez, quien enseña cante en la escuela del valle–. No me cabe duda que la memoria de Manuel Gutiérrez permanecerá en cada una de las gargantas cabuérnigas que, con bravura y deje, tengan a bien retorcer la melodía de una tonada montañesa.